
Perdí la cuenta de los segundos que la vida me arrancaba a su paso, mirándola de reojo mientras dormía y escuchando esos pequeños suspiros al respirar. Pensé en darle un pequeño empujón para despertarla y ver esos ojos (shhh! eso sí que es magia), tocarla hasta que sangrasen mis labios de tantísimos besos, comiéndomela vorazmente con la mirada hasta (casi)gastarla, rozando su cuerpo con sumo cuidado para dejarla con ganas de más, esconderla en un pequeño frasco para poder abrazarla y tenerla 25 horas al día. . .
Me encanta pensarte hasta con el sentido menos común. Tu sonrisa de niña pilla, atrayéndome un poquito más si cabe, incitándome a bailar besos. Una de esas que te enganchan y sabes que jamás podrás olvidar porque perderías segundos, minutos, y horas intentando cuadrarla en la cabeza cada vez que aparece por sorpresa. Su cuerpo escurridizo y delgado (demasiado quizá) me incita a perderme centímetro a centímetro, rozando lo inverosímil... Qué le vamos a hacer, siempre será más cuerpo que el mío. Sus dedos intrusos y dueños, sosegados y excéntricos (cómo me gusta esa locura que les recorre) rozando hasta el límite de lo prohibido. Volviendo a lo de antes, sigo aquí con su sonrisa clavada en el último rastrojo de la más profunda entraña… ¡Cómo sabe jugar con esa mirada traviesa!
¿Por dónde iba?